
Querido diario:
Son las diez de la noche de uno de los días más frío que recuerdo en Sevilla. Como me tocó de imprevisto, no pude más que esconder mi nariz entre la bufanda y meterme las manos en los bolsillos de la cazadora.
Llegué a la facultad temprano, estaba vacía. Fui a la cafetería que aún tenía las sillas sobre las mesas, pedí un té bien caliente, con agua, con azúcar.
Entre el atontamiento del vapor del té, casi cerrando los ojos…pude ver una figura difuminada a través de la ventana. Volvió a pasar minutos después.
Ella: una mujercita baja, pequeñuela, casi cómica cargada con tantos libros. Llevaba un gorro rojo y una trenza pequeñita se dejaba ver. Un abrigo de esos verde carruaje horroroso y unos pantalones marrones claros de pana. Y luego unas botas de piel. Sus libros: - visión del esperpento, pedro páramo, antología europea de poesía experimental. Yo no veía los títulos desde donde me encontraba, pero ya me los sabía de memoria. En unos minutos iba a encontrármela, en clase.
Recuerdo perfectamente qué tipo de clases quería tener a mi llegada a la facultad, tres años atrás. Puedo poner en pie cada sensación de inmensidad que me proporcionaba aquel edificio, las paredes revestidas de poemas, las puertas de madera y la gran vidriera central sobre mi cabeza que iluminaba mis pies con colores vivos. Mi mochila de cuero con una carpeta azul, por estrenar.
Recuerdo el mosaico de cabezas al entrar en clase veinte minutos tarde (porque me había perdido) y un profesor despeinado explicando lingüística, algo ininteligible para mi por aquel entonces (y por ahora?). Y por abreviar entra tantas reminiscencias, recuerdo las bibliotecas esparcidas por cada rincón de la facultad ( y un chico de barba pelirroja explicándonos cuál era su preferida) y el césped de Historia lleno de chicas nórdicas guapísimas y chicos de gafas leyendo, de lo más bohemio que podía imaginar.
* * *
Se pierde esencia y se gana experiencia…¿no es asi? Pero son las ocho de la mañana del día más frío de Sevilla, y he vuelto a pasearme por este lugar semivacío, con esa certeza prepotente que te da el ser estudiante de tercero, esa certeza digo, de saber que no te espera nada nuevo, excepto lo que tú quieras indagar por tu cuenta y excepto un par de miradas entre todas las demás somnolientas y excepto, como no, ella.
Ella o personas como ella. No más de tres. No hay más de tres…ella es el único recuerdo actual que me transporta a mis esencias de primero…el recuerdo de volver a encontrarte con lo que amas y te enamora…y a mi…a mi me salva.
Querido diario, son las doce de la madrugada, de la noche más fría que me ofrece Sevilla. Escucho Lucha de Gigantes de Antonio Vega, y no me canso.
Gracias a mis profesores de Introducción a textos, de Bases y Análisis y sobre todo, de relato.
Son las diez de la noche de uno de los días más frío que recuerdo en Sevilla. Como me tocó de imprevisto, no pude más que esconder mi nariz entre la bufanda y meterme las manos en los bolsillos de la cazadora.
Llegué a la facultad temprano, estaba vacía. Fui a la cafetería que aún tenía las sillas sobre las mesas, pedí un té bien caliente, con agua, con azúcar.
Entre el atontamiento del vapor del té, casi cerrando los ojos…pude ver una figura difuminada a través de la ventana. Volvió a pasar minutos después.
Ella: una mujercita baja, pequeñuela, casi cómica cargada con tantos libros. Llevaba un gorro rojo y una trenza pequeñita se dejaba ver. Un abrigo de esos verde carruaje horroroso y unos pantalones marrones claros de pana. Y luego unas botas de piel. Sus libros: - visión del esperpento, pedro páramo, antología europea de poesía experimental. Yo no veía los títulos desde donde me encontraba, pero ya me los sabía de memoria. En unos minutos iba a encontrármela, en clase.
Recuerdo perfectamente qué tipo de clases quería tener a mi llegada a la facultad, tres años atrás. Puedo poner en pie cada sensación de inmensidad que me proporcionaba aquel edificio, las paredes revestidas de poemas, las puertas de madera y la gran vidriera central sobre mi cabeza que iluminaba mis pies con colores vivos. Mi mochila de cuero con una carpeta azul, por estrenar.
Recuerdo el mosaico de cabezas al entrar en clase veinte minutos tarde (porque me había perdido) y un profesor despeinado explicando lingüística, algo ininteligible para mi por aquel entonces (y por ahora?). Y por abreviar entra tantas reminiscencias, recuerdo las bibliotecas esparcidas por cada rincón de la facultad ( y un chico de barba pelirroja explicándonos cuál era su preferida) y el césped de Historia lleno de chicas nórdicas guapísimas y chicos de gafas leyendo, de lo más bohemio que podía imaginar.
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Se pierde esencia y se gana experiencia…¿no es asi? Pero son las ocho de la mañana del día más frío de Sevilla, y he vuelto a pasearme por este lugar semivacío, con esa certeza prepotente que te da el ser estudiante de tercero, esa certeza digo, de saber que no te espera nada nuevo, excepto lo que tú quieras indagar por tu cuenta y excepto un par de miradas entre todas las demás somnolientas y excepto, como no, ella.
Ella o personas como ella. No más de tres. No hay más de tres…ella es el único recuerdo actual que me transporta a mis esencias de primero…el recuerdo de volver a encontrarte con lo que amas y te enamora…y a mi…a mi me salva.
Querido diario, son las doce de la madrugada, de la noche más fría que me ofrece Sevilla. Escucho Lucha de Gigantes de Antonio Vega, y no me canso.
Gracias a mis profesores de Introducción a textos, de Bases y Análisis y sobre todo, de relato.
PD: re-descubriendo mi universidad en otras facetas para mi desconocidas...se acabó la prepotencia...(no a BOLONIA!)



